miércoles, 10 de diciembre de 2014

Fragmento de El León Rojo Memorias de un Combatiente





                    Fragmento Capítulo III





Fragmento del Capítulo III del libro El León Rojo, Memorias de un Combatiente

  Llegamos a Caianda, situada al sur del río Zambeze y muy cerca de la frontera con el Congo. Una calle principal con viejas construcciones y pocos habitantes. Un angolano se nos acercó y nos orientó el camino a seguir hacia la frontera donde se encontraba el campamento cubano. El camino, aunque estrecho, estaba bueno pero a ambos lados, todo el terreno estaba anegado en agua. Un Berliet de doble diferencial, reposaba o más bien moría lentamente, entre la arena y el agua al parecer, por salirse del camino. Llegamos hasta un árbol en un pequeño promontorio y único lugar seco. Una tienda de campaña servía de almacén y Jefatura de ese pequeño pelotón. Nuestra llegada significaba un gran acontecimiento en medio de aquel apartado paraje. Los soldados acudieron a recibirnos como si hubieran llegado los Reyes Magos. Sus rostros mostraban una alegría similar a la de los niños cuando descubren los juguetes dejados por Papá Noel o Los Magos de Oriente. Sonrisas, saludos y abrazos se sucedían entre visitantes y visitados. El Jefe de ellos, un teniente de apenas veinte y tantos años, leía los nombres de los destinatarios y les entregaba los sobres. Algunos introducían las cartas en los bolsillos para leerla más tarde pero otros, rasgaban los sobres con prisa y nerviosismo. Aunque conversaban con nosotros, de vez en cuando miraban disimuladamente el papel escrito entre sus manos. Apenas eran unos 20 hombres, en su mayoría jóvenes, cubiertos de garrapatas y piojos. Algunos con tos intermitente y otros con fiebre. Sentí compasión por ellos pero no sabía cómo ayudarlos y solamente me limité a darles ánimo asegurándoles que pronto vendría a buscarlos y recuerdo cuando al despedirme, decían: “Chófer acuérdate de nosotros. Queremos que seas tú el que venga a buscarnos”. Tenían emplazado un cañón de 45 mm encima de una alta torre formada por las termitas. Más adelante se podía observar una cuerda entre dos árboles que sostenían un letrero que decía: Angola-Zaire.
   El camino de regreso lo hicimos sin apenas cruzar palabras. Quizás, cada uno de nosotros, llevábamos en la mente la situación de los compañeros que habíamos visitado.
 

viernes, 28 de noviembre de 2014

El León Rojo, Memorias de un Combatiente. ¿Porqué el libro?



                                          


                       


              El León Rojo, Memorias de un Combatiente ( I )




Era un joven de poco mas de veinte años. Tranquilo, callado, un poco tímido que gustaba ver la televisión, leer y salir con mi esposa e hija. En fin, una vida monótona y sin nada relevante a no ser mi actitud ante el trabajo mis conocimientos de mecánica automotriz. Una profesión inculcada por mi suegro y que le agradecí toda mi vida.
 Participaba, como la mayoría de los cubano, en la preparación para la defensa del País. No era voluntario. Todos los que terminaban el Servicio Militar Obligatorio pasaban a ser reservas del ejército. Habían Unidades que eran mas "suaves" y otras más "duras" en lo referente a los periodos de ejercicios militares, lo riguroso de los entrenamientos, etc. Pertenecía a una Unidad de Morteros 120 mm (de las "duras").   Un Domingo al mes preparación y ejercicios durante cuatro horas y una vez al año, una movilización a tiempo completo, durante un mes. Esto último era lo mas parecido a un combate pues se disparaban varios proyectiles a supuestos enemigos.
 Habíamos terminado una de esas movilizaciones de un mes y el Alto Mando nos había dado la calificación de excelente.
 A los pocos días, aún teniendo el olor a pólvora en el cuerpo, fuimos llamado de nuevo. Todos pensamos en la participación de unas maniobras nacionales.
 Antes de un mes me encontraba en África combatiendo contra un enemigo real. ¡Fueron muchos los padecimientos y peligros! Nunca había disparado contra nadie, nunca había visto el terror, el pánico, la muerte.. Se había mostrado ante mí, una imagen desconocida de la ayuda internacionalista. Se había mostrado ante mí la destrucción, el odio, la derrota.
 Pensaba en mi hija, mi esposa y mi familia. Pensaba que el enemigo, desconocido, era igual que yo, una persona que tiene familia, ilusiones..
  Fueron seis meses de tensión, peligros y rodeado por la muerte. Salí ileso físicamente pero siempre estará conmigo esa guerra.